Llevar el alma tintada con rubíes negros, motas diminutas de difuntos momentos, alegrías del pasado, tentaciones cometidas.
Sentimientos olvidados. Caricias perdidas. Besos prometidos. Amaneceres pintados de luz clara, cielos bajos y nubes altas, hasta donde la mirada llegara. Lunas llenas entre sonrisas caídas, entre caminos entrecruzados, entre horizontes efímeros y lejanos.
Llevar el corazón forrado de dolores, de cicatrices mal curadas, de heridas ensangrentadas. Culpar al viento de su marcha.
¿Qué culpa tenía él, si la marea le tentó? Que nada podía hacer, que todo estaba perdido ya, que no pudo más que seguir su instinto y asentir a la llamada del mar, esa voz que era un susurro en su cabeza, un reclamo.
Y los susurros aumentaron, y ya no andaba, y corría más y más rápido y vio pasar su vida a toda prisa y no sintió miedo.
Y se lanzó al vacío.
Y jamás la volvió a ver.
Y siempre se arrepintió de no poder volver a sentir como ella le coloreaba el alma a besos y ternura.
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