Cualquier trazo es imperfecto, incluso tu. Tú que te escondes entre las sombras de aquellas vidas que segas a tu paso. Tú que respondes al nombre del diablo, tu que careces de todo aquello que importa, te atreves a pensarme siquiera, convertida en un espectro de palidez consumada y extraña, te atreve a llamarme sierva cuando podría destruirte con un solo pensamiento más. Tú, que creíste tener el poder en tus manos y nada más eras un peón sin importancia, tienes el valor de decirme que debería unirme a ti.
Y de sus ojos vencidos nació la llama que él buscaba. La morada de ternura le hizo ver que su piel cambiaba y tornaba pálida como la suya, no espectral y fantasmagórica. Su juego, no había terminado para ella.
Todavía no.
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