Forjó su alma con tantas corazas que ni siquiera cuando el viento la insultó y abandonó, dándole un portazo, ni siquiera entonces lloró. Y es que estaba tan acostumbrada a que la mintieran, a que la engañaran que había hecho su cuerpo inmune. Sus corazas, tan frías y distantes de su ser real la protegían siempre de esas necias miradas. Su corza, tan negra que parecía, y solo hacía falta un poco de limpieza, eliminar las capas restantes. ¿Cómo iba a llorar por el viento? Si todavía tenía el poder de mirar hacia otro lado, de levantar la barbilla, tan alta como el cielo, y seguir caminando, como si nada importara. Y ella, que tan sola se había sentido, a causa de sus múltiples capas, despertaba cada mañana en brazos de un nuevo día. ¿El viento? El viento estaba acostumbrado a soplar hacia nuevos horizontes al haber conquistado sus planes, y le sobró tiempo tras haber cumplido con todos sus propósitos, como si nunca estuviera solo, como si pudiera vivir solo. Y podía. Claro que, por desgracia para él, jamás logró eliminar del todo el olor a ella de su existencia. Y poco a poco, lo que entonces le parecía una tortura, no poder deshacerse de ella, se convirtió en un placer, que utilizó como marca. Impregnó el olor de ella en cada rincón del planeta, para que todos los humanos supieran que bien olía ella bajo todas sus capas de coraza, que en realidad, no eran más que palabras llenas de sentimientos desamparados.
Palabras que se plasman en papel.
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