Lo malo es cuando dejó de hacer cosas que estaban acostumbrados a tener siempre hechas. Porque se acostumbró a ser fuerte y valerse.
Lo malo fue, cuando ya no pudo hacer nada, por impotente estrés. Porque la ley era hacer y servir, porque la ley marcaba que si no cumplía sus "tareas" no valía, era inútil y no servía para nada.
Y si, no podía con todo ello, se lo comían vivo, lo destrozaban, lo machacaban y hasta la parte más fuerte de su alma e resquebrajaba en mil.
Incluso cuando ni siquiera la escritura servía como fortaleza. ¿Qué le quedaba entonces?
Tan solo el sabor de haber tocado fondo, el peso que eso ejercía sobre el pecho, el olor tosco y amargo.
Tantas veces lo había probado que su olor ya era costumbre.
Ya no le quemaba esa sensación.
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