Ella siempre tan enamorada de sus mundos imaginarios, de sus ideas descabelladas. Tan locamente enamorada de esas batallas internas que libraba con ejércitos que nunca respiraron junto a ella, ejércitos que obedecían las palabras que con tanto amor y tanta delicadeza creaba.
Ella siempre a tanta altura de la realidad que poco le importaba lo que pasara a sus pies. Y no porque fuera egoísta, si no porque sus ojos veían siempre más allá que el resto de ojos, porque sus oídos siempre escucharon palabras más allá que los mortales, porque su piel había rozado y sentido mucho más que el resto de pieles y porque su voz había cantado canciones tan perfectamente lejanas como todos los sueños. Siempre de más allá que el resto.
Ella, que cuando la conoció no quiso saber de donde provenía y se entregó a enseñarle su mundo, a enseñarle que color tenían las canciones que salen de las almas heridas.
Ellas, que con tan poco supieron hacer tanto juntas, que se miraban y acallaban sus propias batallas, esas que solían ser íntimas y molestas.
Ellas, que desde el principio crearon el camino que sabían no tendría un final como el resto de finales. Ellas, que volaron juntas y nunca más miraron a sus pies.
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