Una brisa suave le atravesaba el alma agujereada, limpiando ese pequeño rincón de ella que quedaba de él. Ese olor que nunca se desprendía de su memoria, la seguía a todas partes y la guiaba como un fantasma del pasado, y se escondía entre sus sueños, formando pesadillas que la mantenían cálida y cómoda entre recuerdos.
Una luna plena iluminaba sus debilidades, sus puntos flacos. Le vio correr y alejarse, y ella susurro cada noche en busca de respuestas. Ni las estrellas supieron donde se marchaba. Pero le vieron desaparecer.
El sueño la llamó, intentó salir de la tortura de las despedidas nunca pronunciadas, pero el calor de su recuerdo era más tentador, pues se dejó arañar en ese olor que se había pegado a su piel, se dejó llevar hacia otro mundo. El sueño se la llevó donde estaba él, y nunca volvió.
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