Le hablaba con voz clara, palabras trémulas en busca de sentidos. Le miraba a los ojos con la verdad en el semblante, con el orgullo marcado entre ceja y ceja.
Clavaba sus dedos en la piel de sus manos y presionaba sus yemas contra su palma. Temblaba.
Buscó una excusa menos denigrante que el simple hecho de querer largarse. Incluso sin decir "adiós".
Miraba tan concentrado, en el resto del universo, que se olvidó de quién despediría a quién.
Quería clamar que ella sería su siempre, pero le quedó un susurro sordo atascado en la garganta, y no dijo ni lo que por inercia le diría.
El corazón desacompasado, marcando un ritmo sin melodía, una triste balada de despedida que ninguno oía. Pero ambos sentían.La mente dispersa en recuerdos que no habían podido formar momentos en presentes.
Las mariposas del estómago muriendo lentamente, aleteando con fuerza sus frágiles alas, hasta quebrarse.
Miradas impasibles y severas de ojos enrojecidos y llorosos. Palabras completamente vacías, intentando revivir sentimientos.
Manos sudorosas, dedos entrelazados sobre el regazo. Ojos que se cierran para no volver a ver. Lágrimas que corren hasta puertas de suspiros. Bocas que callan y que jamás volverán a hablar.
Palabras que quedan pendidas en el aire, rendidas entre muchas otras que jamás pudo garganta pronunciar.
Beso frío. Adiós distante.
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