jueves, 30 de octubre de 2014

Relatos. Microcuentos IV.

* "Nada de dulces por la noche", decían, "tendrás pesadillas", pero la única pesadilla era el mundo real, ese que se acercaba y ceñía entre la vida y el paso de los hombres.
No sabían que la única pesadilla era no encontrarse con sus estrellas, no volverse vida entre sus risas, no acariciar su pelo, no mirar sus luceros, no deslumbrarse con su luz.
Decían que todo sería más fácil cuando la luz se fuera, cuando sus ojos no vieran objetos, cuando sus manos solo acariciasen sentimientos. Y no espacios. Decaían, que de este modo el dolor se haría sueño, que conquistarían nuevos viajes y nuevas despedidas saldrían de sus bocas. ¡ Cuánto decían! ¡ Cuánto mentían! ¡Cuánto querían las estrellas ver aparecer a la luna, aun que solo fuese una vez más!


*Miedo, que crece y trepa entre los restos de la incertidumbre, que atenazas entrañas y despellejas corazones. Miedo, que amordazas los sentidos y aprisionas mentes. Déjala salir. Déjala ir. No quiero que se impregne mi memoria de su olor.
Miedo, que engrandeces cobardes y vences contra grandes, haz que salga, deja que se marche. No la quiero en mi voz, no quiero su rastro en mi llanto, no quiero que siga en mi corazón la cicatriz de su partida.
miedo, aprieta con fuerza. No me dejes respirar, que el aire lleva sus besos y no los quiero en mi piel. Llevatela, llevatela lejos, que ni la muerte, ni el infierno me alejan lo suficiente de ella.


*Erase una vez, un lobo hambriento de compañía. Erase una vez, un lobo que buscaba en el bosque. Erase una vez, un lobo que en el camino vio la pata de una presa. Erase una vez, un lobo enamoradizo de su oveja. Erase una vez, un lobo condenado por no ser fiero y enamorarse hasta la locura de su presa. Erase una vez, un lobo moribundo y hambriento. Erase una vez, un lobo enamorado que murió de hambre.


*Llamado cuerpo al cuerpo. La tentación que llama la tentación y la carne que busca los labios que se atrevan a morder.
¡Calla! ¡Calla! Callame a besos, o comeme a gemidos, a suspiros, a jadeos. La tentación sana de caer una y otra vez en tus ojos. En tus manos sanadoras. De dejar que me acaricies las cicatrices. Aun que solo sea por este momento, aun que solo sea para siempre.
¡Calla! ¡Calla! Callame los ojos que recorren infinidad de tus curvas, que vuelan mis manos más allá del corazón. Vuela conmigo y dibujemos en estrellas apagadas vidas nuevas, ganas de comerse, razones para devorarse el cuerpo a besos.
Saber dónde quema la piel, donde arden los deseos de respirar el mismo aire. Saber dónde hiela el aliento recorriendo senderos de placer. Saber, dónde los jadeos se convierten en gritos.
¡Calla! ¡Calla! ¡Callame! Que sobran las palabras cuando el cuerpo habla. Solo déjate, déjame, que nuestras manos saben caminos nuevos donde encontrarse.

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