Me queman las manos, rozo cada rincón del deseo, y me quedo mirando, como Alicia, a través del espejo, corretear al sueño que debía perseguir. Y que como el conejo corría, apresurado, a presencia de la verdadera llamada reina. Con corazón rojo, pero roto.
Como en el camino, como en medio de esa, mi persecución, perdida entre extraños seres, jamás supe discernir entre la realidad y la ficción. Tal vez, por que la última, me parecía más amena y divertida, más cierta.
Claman las voces en el bosque, confunde Chesaire mi presencia con la de aquella que buscaba su triste realidad.
Arden en mis ojos los pasados que no tuvo el loco sombrero, dispuesto a ahogar su pena en té. Como si la locura a la que condenaron sus majestad, sedienta del amor que no tenía, no fuera suficiente.
Y esos pobres gemelos, mermados y arropados por la locura que los rodea, y son llamados raros por hacer juegos de palabras al hablar. Y me indican el camino hacía ese conejo que corre con los bolsillos ataviados de mi sueño, empeñado en entregarlos a esa llamada reina, de corazón blanco y vacío.
Corro en busca de la salida, dando por perdido mi sueño, y en una madriguera veo entrar al conejo, vestido con su chaleco y echándole un vistazo a ese reloj de incesante tic-tac, que, aun que tengo lejos, oigo detrás de mi, marcando cada paso, aun que no se si voy camino al fracaso o a la locura más extrema.
El conejo cae por su madriguera y yo detrás. A punto estoy de atraparlo. pero cae más rápido que yo y me pierdo de nuevo, entre muebles que suben y pianos que tocan solos. Sigo sin saber donde estoy, y la caída parece cada vez más cercana, y no hay nada para amortiguarla.
Camino, sin saber hacia donde, por un estrecho pasillo de baldosines cuadrados. Oigo el tic-tac que acompaña el ritmo de unas trompetas, donde resuena la estrepitosa voz de una mujer de corazón pintado a rotulador.
Se queda con mis sueños, y me mira por encima del hombro. Engulle cada pedacito de ellos y me escupe los restos, cual carroñero escupe los huesos del animal que no puede digerir, sonríe con aires de superioridad.
Me agarro a mi propia esperanza, y aun que el temor me amordaza le escupo palabras, que parece que nadie logra entender. El conejo me mira apesadumbrado, me arrebata mi suerte y se la entrega a la reina de duro corazón. Tiñe mi voluntad del blanco de sus rosales y ordena a esos planos y maleables soldados suyos que destierren mis esperanzas donde ni la locura cura corazones.
Y así despierto, huyendo de esos soldados planos y maleables a las ordenes de una reina consentida e hinchada de sueños robados. Aun oigo el tic-tac incansable e incesante que corre al ritmo de mi corazón. Busco entre la almohada y veo que mis sueños siguen ahí, donde los dejé, bien escondidos y protegidos.
¿Qué sintió Alicia al volver sana y salva a su cama?
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