Que se conformaba con esos pequeños momentos de gloria mientras sus manos supieran que acariciaban la piel suave que sabía que le mantendría las caricias que secaban las cicatrices que a veces le sangraban ajo todas las capas de dureza y orgullo.
Nadie le dijo que esperara la llegada de ese nadie que le salvaría la vida, que la cogería en su caída, que le haría la vida más sencilla, que calmaría sus ganas de volar tan lejos como le permitieran las alas de papel que le habían arrancado.
Vio venir de lejos el dolor del momento que se cernía sobre ella. Días de locura y desenfrenada libertad sin prejuicios.
Si su vida hubiese pasado ante ella en ese momento en el que su piel se deshacía entre las manos que la quisieron sostener tan liviana como era.
Mecida entre versos de despojos y sonrisas. De vida. De lluvia que bañaban sus párpados y adormecía sus tormentos.
Esa calma se llevaban las manos, esa rabia, que salía de debajo del colchón el monstruo de su infancia. Esa desesperación.
Esa luna que brillaba siempre junto a ella.
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