Que bien se llevaba el viento con sus recuerdos. La perseguían a todas partes, se deshacía entre sus besos. Espera la llegada de uno nuevo cada vez que quería cambiar de sufrimiento.
Pasaba así sus días, contando penas y lanzandolas al olvido, al inevitable vacío que sentía tras su pecho cada vez que gritaba el nombre de otro viento. Otra corriente que la llevara hasta donde quería, que cumpliera sus deseos, que escuchara sus pesares y resolviera sus problemas.
Callada y calmada entre los brazos que acunaban a la niña bnonita de los recuerdos que, como buen peregrino, seguía el camino de su diosa. Una pequeña musa entrometida y distraída, una elfa del bosque que anda sobre sus puntas con torpeza, esperando ser cogida y elevada, como el vuelo del que nunca pudo comenzar a despegar.
Si el viento se llevaba sus recuerdos y caricias, era tan solo por aligerar la carga de su niña. Por librarla del peso que la cubría, pues por dentro, ya tenía pesares suficientes.
Un ave medio enamorada de las caricias del viento. Así se veía aquella chiquilla, dispuesta a saltar a sabiendas de que no podría ser cogida en su caída. Dispuesta a gritar, a pesar de que, en realidad, nadie la oiría. Dispuesta a empezar una vida nueva y plena, sin haber dado por terminada la anterior.
Dispuesta, más que a nada, a todo, solo por mantenerse junto al viento y que la liberara de sus cargas, tan llenas de secretos, como de reproches.
Así fue como el viento se la llevó, sedienta de más libertad de la que jamás pudo disfrutar, hambrienta de esa agradable sensación de desconocimientos cuando, al saltar, sabía que alguien la cogería, aunque no supiera en que brazos caería.
Somnolienta y agotada por una vida de correrías y malas espinas atravesadas. Loca de amor por el viento que se llevaba sus recuerdos.
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