Maldecía los minutos que pasaba sentado viendo como no llegaba el día en que la vería entrar por la puerta, la que se había cerrado de un portazo con la fuerza del viento que levantaba su falda.
Malvivía en los rincones de aquella habitación, el último rincón de toda su soledad que todavía conservaba su perfume. El olor tan familiar del recuerdo, de haberla amado, de haber querido protegerla, y de haberle fallado.
Recorría su mente el mismo itinerario del mapa de su cuerpo, cada lunar que solía besar, cada pedazo de su piel que se estremecía cuando la yema de sus dedos le dibujaban en el cuello un collar de caricias. Volvían a sentir sus manos su tacto, y apretaba con fuerza los puños, intentando atrapar esa cálida ternura que irradiaba todo su ser.
Incluso cuando se marchó, dejó tras de sí un camino de lava, un rastro de su fuerza.
Y la puerta se cerró. Y el viento se lo llevó todo de ella.
Quiso, durante meses, olvidarse de su existencia e intentar borrar todo lo que guardaba en él de su supuesta felicidad eterna. Pero ella, inteligente, le había dejado en el corazón una huella imborrable de todo lo que perdería si ella no volvía, de todo lo que perdió. Se aseguró de que, cada noche, soñara con su regreso y maldijera cada minuto que pasaba en su rincón, pensando en lo que había perdido cuando ella se marchó. Hablándole a un amanecer mudo y lento sobre los secretos que guardaba de su estrella.
Ella, por el contrario, subió a lo alto del cielo y se transformó en la luna, dispuesta a iluminar el camino de otras como ella. Jamás se arrepintió de su marcha huracanada, y de haber dejado en ese hombre, rodeado de aquella soledad que creía suya, todo su aroma, y su memoria.
Así le devolvió al hombre su dolor. Con recuerdos y la certeza de que jamás la volvería a ver aparecer por aquella puerta.
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