Hijo,
¿tienes suficiente dinero?”
Se
jugaba la vida cada noche, entre neones azulados, y litronas solitarias. Entre
gente sin alas alcanzando el cielo con la punta de los dedos.
En
parques apagados de vida y sin recuerdos. A oscuras. Encerrados de locura.
Enterrando males y pesares en cuerpos ajenos a la maldad y los escombros de la
vida interna de cada ser que jugaban con ellos.
Se
jugaba la vida en cada aliento, esperando que ese fuera último, esperando verse
atrapado en esa espiral de emociones de la que el resto presumía. Se jugaba la
vida, día tras día, como un niño desatendido dando gritos, pidiendo ayuda.
“Mamá, ¿tienes más amor para prestarme?”
No hay comentarios:
Publicar un comentario